Carta a los Reyes

La generación de nuestros hijos vivirá peor que nosotrosLa generación de nuestros hijos vivirá peor que nosotros

En estas fechas es habitual lanzar buenos deseos con vagas esperanzas de mejora, normalmente refutadas con rapidez por los hechos. Para este incipiente 2009 plantearía, por una parte, el cambio de una pauta histórica y, por otra parte, en aparente paradoja, el mantenimiento de otra pauta que podría estar quebrándose.

En los próximos meses, en paralelo a la evolución y (di) gestión de la crisis, se sucederán los encuentros internacionales de alto nivel – con la plena incorporación de la nueva administración de Estados Unidos-para tratar de dotar al mundo global de un marco institucional y de governance adecuado a las nuevas realidades. Los líderes mundiales deberán demostrar su capacidad para afrontar los profundos cambios en los ámbitos económicos, financieros y políticos que superen las deficiencias que la crisis ha puesto con crudeza de relieve. Pero la historia nos indica que a menudo los cambios profundos en la esfera internacional han sido resultado de conflictos bélicos en que se han sustanciado visiones alternativas del mundo, y tras los cuales las potencias vencedoras han i m p u e s t o sus normas, con mayor o menor lucidez o generosidad. Así sucedió en el Congreso de Viena de 1815 tras las guerras napoleónicas, en el tratado de Versalles de 1919 tras la Primera Guerra Mundial y las normas de Bretton Woods más el sistema de las Naciones Unidas tras la Segunda. Una gran pregunta para el 2009 es si seremos capaces de poner en marcha los profundos cambios necesarios para dotar de dimensión sociopolítica e institucional a la globalización del siglo XXI sin necesidad de un conflicto bélico… más allá de las referencias habituales a las guerras económicas que están alterando las pautas de poder a escala global.

Por otra parte, de entre las múltiples dimensiones que tiene la búsqueda de salidas a la crisis, destacaría la que subyace a buena parte de las tensiones sociales próximas, de Atenas a Bolonia: la percepción, basada en la realidad, de que si no cambian mucho las cosas, la generación de nuestros hijos vivirá en promedio peor que nosotros. Desde hace bastantes décadas parecía que lo natural era que la marea del crecimiento económico, con inevitables fluctuaciones a corto plazo, fuese impulsando al alza los estándares de poder adquisitivo y calidad de vida. ¿Será cierto ahora que, tras el duro despertar de lo que parecía la fase de prosperidad más larga de la historia reciente, la cruda evidencia sea que la generación siguiente tiene, en los países de nuestro entorno, perspectivas bastante peores que nosotros? Y si es así, ¿por qué no dejamos de pelearnos por desplazar responsabilidades entre nosotros y, haciendo una vez más de la necesidad virtud, aprovechamos la crisis para tratar de sentar las bases de una economía y sociedad futuras en que la ruptura de esta tendencia pueda revertirse?

Juan Tugores Ques – Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona

La Vanguardia (5.01.2009)

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