Debilitar Europa está en el programa de los que quieren repetir lo peor del siglo XX
Gestionar las políticas económicas es hoy caminar sobre múltiples filos de una poliédrica navaja. Por un lado, la pesada digestión de la factura de las políticas expansivas implementadas para gestionar inicialmente la crisis, ha llegado mucho antes de que hubiesen surtido los efectos esperados, especialmente en los países en que los recursos públicos se utilizaron de forma más improductiva. Seguir gestionando desempleos masivos y al tiempo afrontar déficits y deudas elevadas obliga a delicados ejercicios de funambulismo económico y político.
Por otra parte la adopción de medidas contractivas (incluso por países como Alemania alejada de los pecados de deterioro de competitividad y baja productividad que asuelan a España y otras economías del sur y este de Europa), muestra que las presiones para los ajustes fiscales tienen razones que van más allá de la crisis. Por ejemplo, el envejecimiento de la población del Viejo Continente es una fuente de presiones sobre los recursos públicos que choca con los requerimientos de gestión y digestión de la crisis. Otro delicado filo sobre el que transitar, agravado por los efectos eventualmente contractivos de la consolidación fiscal en países superavitarios como Alemania que, incluso según los documentos del G-20, debía acompañar a China en una reactivación del gasto que actuase de locomotora de la recuperación.
La actitud alemana dificulta las perspectivas de mejoras de competitividad vía precios de economías como la española, obligándonos a deflaciones en costes y precios… en la medida que no consigamos recuperar posiciones por unas mejoras de productividad tan fáciles de enunciar como difíciles, al menos por ahora, de vislumbrar.
Aunque las tentaciones de desintegración del euro y en general de la construcción europea están a la orden del día, hay que constatar que esta es la primera gran crisis en que Europa trata de actuar con cierta unidad, pese a todas las dificultades. En los casos precedentes los principales países reaccionaron haciendo cada uno «la guerra por su cuenta», en varias ocasiones en un sentido literal.
Debilitar Europa formaría sin duda parte del programa de quienes quisieran repetir la fórmula de las victorias en las elecciones en Italia y Alemania los años 1920-1930: grupos totalitarios manipularon los miedos y frustraciones de buena parte de las clases medias y trabajadoras empobrecidas. Ello debería ser más que suficiente tanto para exigir «más Europa» como para no seguir sacrificando tanto en el altar de los mercados los efectos distributivos de las medidas recientes y futuras.
Juan Tugores Ques, Catedrático de Economía de la UB
La Vanguardia (10.06.2010)