El perdonavidas

Caricatura de Artur MasArtur Mas hace grandes esfuerzos de autocontrol. Mucho más ahora que cree que tiene las elecciones ganadas. Todo iba bien, la otra noche en la televisión, hasta que Albert Rivera, empezó a hablar en castellano. Se rompió. A veces, cuando un producto del marketing, la telegenia y los argumentarios frigorificados (es decir, un político de nuestro tiempo) se rompe el resultado es agradable y humano. Pero lo que se vio debajo de las costuras de alambre del líder de Convergencia resultó francamente desagradable: «Fíjese si somos tolerantes que usted habla en castellano en la televisión nacional de Cataluña y no pasa nada.» Eso dijo.

Si la televisión nacional de Cataluña se rigiera por criterios periodísticos habría encadenado de inmediato un diálogo de planos dramáticos entre Mas y Rivera que tal vez le hubiera permitido a éste último replicarle: «¿Qué castigo es, exactamente, el que ha impedido su suma y basta tolerancia?»

Si en Cataluña hubiese una opinión pública, estas palabras del candidato Mas habrían tenido sobre sus posibilidades electorales un impacto similar al sudor de Nixon en su debate con Kennedy.

Si los recién estrenados propósitos críticos contra el nacionalismo de don José Montilla tuviesen algún crédito, él mismo habría salido a afearle a Mas su comentario.

Por si todo fuera poco está el régimen disciplinario de TV3 que en su libro de estilo (elaborado por iniciativa y mérito del socialista Joan Majó) alecciona a los periodistas a preferir una mentira en catalán antes que una verdad en castellano. Dudo, pues, que al candidato Mas le vaya a pasar poco más que esta columna, a cuya salmodia anafórica creo que será capaz de sobreponerse.

Si Cataluña fuese una nación, y no un proyecto nacionalista repetidamente fracasado desde hace cinco siglos, tendría una televisión, una administración y una escuela bilingües.

Si Cataluña fuese, no tendría un protopresidente que perdona la vida a la mayoría de sus ciudadanos, cuya lengua materna es el castellano.

Si Cataluña, sus políticos, sus intelectuales y sus periódicos escribirían un relato veraz donde la presencia del castellano no habría sido el fruto de “una antigua violencia” (para recuperar las inolvidables palabras del Gran Estadista y Español del Año) sino del comercio y la ambición cultural.

Las dudas profundas sobre el carácter nacional de Cataluña surgen, paradójicamente, de esta suma de impotencias antes que de los alambiques del constitucionalismo español. El gran problema del nacionalismo catalán no es España, sino los catalanes: ninguna nación exitosa se ha construido contra sus ciudadanos.

Arcadi Espada

Diarios de Arcadi Espada (23.11.2010)

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