La secesión no es independencia

Símbolo nacionalista catalánLa meta de todo grupo sectario, desde cenáculos ocultistas hasta lobbies empresariales, es la manipulación de las conciencias y la subsiguiente dominación de la sociedad. Una de las estrategias para lograr este siniestro fin es la apropiación de determinados conceptos provenientes de diferentes campos del pensamiento y del conocimiento, como la religión o las ciencias sociales, para tergiversar su significado y ponerlo al servicio de la demagogia. 

[NOVEDAD.- Con este artículo incorporarmos un nuevo colaborador a las páginas de opinión de ACP. ‘Diego Vega’ abre sección permanente (blog) entre nosotros. Esperamos que sus grandes conocimientos y amplia experiencia sirvan para ayudar a descubrir la realidad… aunque esta se encuentre muy, muy escondida… prácticamente, oculta]

Esto que digo viene a cuento porque el pasado 10 de marzo el pleno del Parlamento de la Comunidad Autónoma de Cataluña aprobó la moción de respaldo a una consulta “independentista” en la capital, Barcelona, convocada para el próximo 10 de abril. No es la primera vez que se intenta algo parecido, pero lo que me interesa destacar ahora es la utilización capciosa del lenguaje por parte de los nacionalistas.

Conviene, de entrada, descubrir la naturaleza de la independencia en función de lo señalado por la ciencia política y no tal y como nos la venden quienes dicen propugnarla en Cataluña y otras regiones del planeta.

El término nace con el levantamiento de los colonos norteamericanos contra la metrópoli británica en 1775, y se traslada al nacimiento del resto de repúblicas de aquel continente para cobrar un nuevo auge con los procesos de descolonización que siguieron a la II Guerra Mundial. La independencia se obtenía al romper los lazos de sometimiento político, económico y cultural que mantenían las colonias en relación con la metrópoli imperialista. De ahí se deriva el llamado derecho de autodeterminación o libre determinación recogido en la Carta de las Naciones Unidas, en los Pactos Internacionales de Derechos Humanos y en resoluciones de la Asamblea General de la ONU, tales como las 1514 (XV), 1541 (XV) y 2625 (XXV). Se define como el derecho de un pueblo a decidir cómo quiere gobernarse y organizar su vida económica, social y cultural de acuerdo con el principio de igualdad. Sin embargo, la viscosidad del concepto “pueblos” ha sido aprovechada por los nacionalistas étnicos con el objetivo de articular sus chiringuitos políticos, pese a que la resolución 2625 (XXV) advierte que sólo será admisible la separación de una parte integrante de un Estado cuando exista persecución o segregación racial de la población que allí reside. 

Pero hay que destacar el papel de la antigua URSS con su iniciativa de inclusión del derecho de autodeterminación durante la elaboración de los Pactos Internacionales. Las potencias coloniales todavía perseguían mantener su estatus, mientras que los EEUU forzaron la implementación de este derecho con intenciones del todo ajenas a la liberación nacional de los pueblos sojuzgados, con la intención, por el contrario, de extender su ámbito de influencia y pilotar el fenómeno conocido como neocolonialismo.  

Es menester señalar que este concepto de la autodeterminación es heredero del principio de las nacionalidades acuñado por el presidente estadounidense T. W. Wilson tras la Gran Guerra, pese a que dicho principio fuera encaminado a resolver el enrevesado mapa multiétnico surgido de la caída del Imperio Austrohúngaro y no a favorecer la descolonización de África y Asia. En este sentido, lo cierto es que el imperialismo neocolonialista y los manejos de las potencias y de los intereses económicos de las compañías privadas que lo practican han sido los grandes beneficiarios de un proceso autodeterminista que dichos manejos e intereses tutelan, afirman o niegan cuando les conviene. 

Lo que merece ser destacado ahora es la regulación de la autodeterminación por parte del Derecho Internacional y de las constituciones de los países democráticos: son las colonias y los territorios invadidos y sometidos a quienes va dirigida su aplicación, y no las regiones o las “nacionalidades históricas” que reivindican los nacionalistas étnicos o identitarios. Por mucho que berree el nacionalismo quebequés, el flamenco o el catalán, por señalar tres ejemplos significativos, siempre se topará con la legalidad vigente hasta la fecha. Las aspiraciones secesionistas de estos sectores únicamente se verán colmadas si los intereses imperialistas de las grandes potencias deciden tomar cartas en el asunto y rompen las reglas del juego creado por ellos mismos. Así, vemos como Alemania (la UE) y los EEUU han desempeñado un papel decisivo en el desguace de la antigua Yugoslavia, vemos qué intereses mercenarios se esconden tras las secesiones recurrentes de las ex repúblicas soviéticas, tras los conatos de secesión del Tíbet y tras la agitación nacionalista en otros enclaves de la República Popular China, o tras los movimientos secesionistas que se están produciendo en repúblicas hispanoamericanas como Venezuela, Bolivia o Ecuador. Todos ellos son países problemáticos, en mayor o menor medida, para el imperialismo estadounidense, mientras que el secesionismo presente en las naciones de Europa occidental, pertenecientes a la OTAN y aliadas de EEUU, es visto por los norteamericanos con relativa apatía e indiferencia y no cuenta con su apoyo y financiación directos, aún teniendo en cuenta la incidencia de grupos de presión, como el lobby vasco, en la opinión pública y en los estamentos políticos estadounidenses. Sería la burguesía monopolista alemana, en este caso, la principal interesada en debilitar a sus contrapesos europeos, desde su tradicional rival, el Reino Unido, a países siempre potencialmente emergentes como Italia, España o Polonia. Está claro que la afinidad ideológica no fue la única causa que motivó el respaldo del régimen nazi a los diferentes nacionalismos étnicos europeos que pretendían implosionar los Estados donde radicaban. 

No obstante, siempre queda el argumento, digamos antiliberal, que opta por la vía revolucionaria al ver en los DDHH y en las democracias burguesas, en sí mismos, un impedimento para ejercer el derecho a la autodeterminación. Pues bien, veamos qué dice la doctrina marxista-leninista al respecto.

Marx y Engels defendieron la autodeterminación de la clase obrera de los Estados nacionales constituidos. Ambos solían utilizar el término nación para referirse a los Estados-nación o a las supuestas nacionalidades históricas indistintamente, pero en los estatutos de la AIT especificaron que el derecho de autodeterminación les correspondía a los trabajadores de naciones como Francia, Alemania, España o los EEUU, y excluyeron las nacionalidades en su acepción étnica identitaria, como lo serían la escocesa, la bretona, la vasca o la catalana. Contemplaron la libre determinación de los trabajadores en calidad de capacidad para decidir sobre su propio destino y gobernarse. Nada tenía que ver con preceptos de corte nacionalista identitario y burgués:

“Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el Poder politico, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués.” (Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1848).Desde un posicionamiento internacionalista que contemplaba la superación de las fronteras nacionales ya desdibujadas por el liberalismo capitalista burgués, Marx y Engels defendieron la independencia de países ocupados y tiranizados por el imperialismo, como era el caso de Irlanda, pero arremetieron contra el nacionalismo, tildado por ellos mismos de reaccionario, que pretendía fracturar los Estados-nación como España:“No hay ningún país en Europa que no conserve en algún rincón una o varias ruinas de naciones, restos de un antiguo pueblo desplazado o conquistado por una nación convertida más tarde en estandarte del desarrollo histórico. Estos restos de naciones pisoteadas implacablemente por la historia –como dice Hegel–, todas esas sobras nacionales, se convertirán y seguirán siendo, hasta su exterminación o desnacionalización final, partidarios fanáticos de la contrarrevolución, dado que su entera existencia es, en general, una protesta contra la gran revolución histórica. Por ejemplo, en Escocia los gaélicos fueron el principal soporte de los Estuardo desde 1640 hasta 1745; en Francia los bretones apoyaron a los Borbones desde 1792 hasta 1800; en España, los vascos apoyaron a Don Carlos. En Austria, los eslavos paneslavistas del sur no son más que el residuo nacional de un confuso desarrollo milenario” (cita de Karl Marx extraída de un artículo publicado en la Nueva Gaceta Renana).*

Por su parte, V.I. Lenin llegó a publicar el libelo El Derecho de las Naciones a la Autodeterminación con el fin de dar una solución a la compleja problemática de las diferentes etnias secularmente marginadas en el contexto de la Rusia de los zares y todo su amplio imperio euroasiático. En él y en otros escritos paralelos, Lenin desarrolla una teoría de la emancipación de las colonias y de los pueblos y países sometidos, y se muestra contrario a la aplicación del mismo principio autodeterminista en el seno de los países de la Europa occidental, donde las revoluciones burguesas ya habían tenido lugar mucho tiempo atrás y todas las nacionalidades históricas se hallaban nacionalmente integradas:

“En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarca un lapso bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Esta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados unidos en el aspecto nacional. Por eso, buscar ahora el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo.” (V.I. Lenin, El Derecho de las Naciones a la Autodeterminación, 1914).

Queda claro, pues, que ni la legalidad vigente ni el marxismo avalan o reconocen el derecho de autodeterminación en la voluntad de determinadas burguesías y sus representantes políticos de acabar con la integridad de los Estados nacionales. Sólo la geopolítica imperialista y el oportunismo rastrero de dirigentes y partidos son responsables del pisoteo sistemático de los derechos adquiridos y de las peores aberraciones y desviaciones ideológicas. Lo vemos, respectivamente, en el turbio papel desempeñado por los organismos internacionales y en la contaminación nacionalista de algunos sectores y partidos catalogados de izquierdas.

Digámoslo a las claras al fin: la secesión no es independencia, sino todo lo contrario.  El nacionalismo, como ideología de clase burguesa e instrumento de organización sectaria que es, ha codificado una nomenclatura específica que ha sido divulgada y prescrita de forma masiva, pero cuyo mensaje encriptado sólo los iniciados conocen, una simbología que parasita términos y conceptos del lenguaje jurídico, político y económico para invertir su significado real y ponerlos a expensas de las garras de la élite.

El liberalismo clásico y su evolución, el socialismo, han combatido las causas de la miseria económica e intelectual, pero el nacionalismo y trasuntos como el integrismo religioso y todos los resortes de la postmodernidad llevan tiempo reaccionando.

Nuestra región, Cataluña, comunidad autónoma española, será golpeada de nuevo por el nacionalismo étnico catalán, que detenta el poder desde 1980, con motivo del criptofascista referendo de secesión convocado para el día 10 de abril. Cataluña no es una colonia ni un país invadido. Cataluña no es ni ha sido nunca una nación. Cataluña es una parte integrante del descentralizado Estado autonómico que rige los destinos de la Nación española a día de hoy, una región española cuya clase burguesa dirigente goza de privilegios políticos y económicos escamoteados a merced de un Estatuto de autonomía inconstitucional que ya se está implementando y a merced del chantaje ejercido desde hace casi dos siglos.

El nacionalismo secesionista se disfraza con las galas de los movimientos de liberación nacional y de los verdaderos partidos independentistas, como pudieran ser el Partido Independentista de Puerto Rico o el Frente Polisario, con objeto de dotarse de un pedigrí ideológico y de una categoría moral de los que carece absolutamente. Gusta de confundir sus reaccionarios objetivos con causas tan nobles y radicalmente diferentes como la independencia del pueblo saharahui. Niega la soberanía nacional popular reconocida en la Constitución española (“la soberanía nacional reside en el pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado”) para sustituirla por una suerte de falsa soberanía regional fundamentada en parámetros identitarios casi telúricos, ligados a la pertenencia a un determinado territorio y escudados en el concepto “soberanismo”.

Todo culto profesado requiere sus actos de celebración ritual. La secta nacionalista catalana congregó a todos sus fieles, y vale la pena denunciar que añadió a muchos extras cinematográficos, en el gran aquelarre del orgullo étnico orquestado el 10 de julio de 2010, pero lleva celebrando muchos aquelarres y otras tantas misas negras antes y después de aquel evento eclipsado, justo al día siguiente para mayor ironía, por la consecución de la Copa del Mundo de fútbol por parte de la selección española y por los apoteósicos festejos correspondientes a cargo de la afición catalana.

Pues bien, este inminente 10 de abril se celebra otra misa negra por todo lo alto. Los barceloneses tendremos la oportunidad de avalar la estrategia malsana que sirve para allanar el terreno a la secesión de nuestra tierra. Nuestros penosos dirigentes políticos nos habrán puesto en bandeja el volver a mostrarnos serviles ante los intereses de clase burguesa de nuestros caciques locales, los mismos que culpan de sus propios robos a nuestros compatriotas y coetáneos de clase trabajadora radicados en otras autonomías españolas. Es por esta poderosa razón, desde mi muy modesta posición, pero como barcelonés, catalán y ciudadano español, que os conmino a absteneros en la triste parodia de referendo que tendrá lugar en el día señalado.

* Cita extraída del volumen La cuestión nacional, de Rosa Luxemburg, editado por El Viejo Topo en 1998.

Diego Vega (21.03.2011)

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