Hace dos semanas Marcelino Iglesias descartó que el Dimitido fuera a revelar su futuro político: «Soy el secretario de Organización del PSOE y …» Todo el mundo, él incluido, creyó que el cargo le obligaba a estar al corriente. En realidad le obligaba a estar in albis. Estado al que, de todos modos, Iglesias no parece personalmente muy ajeno. Bien se recuerda que nada más llegar al cargo dijo que España abandonó el Sáhara «por el 73 o el 74». Y que un rato antes de que Rubalcaba y el Gobierno le desautorizaran, declaró que la aparición de Sortu era «una absoluta novedad.» Ahora, una vez expuesto el Dimitido, nadie ha considerado necesaria alguna aclaración. La anécdota, pequeña y polvorienta, revela el lugar que la verdad ocupa en España. En cuanto a la categoría es asunto del Dimitido. Hay que leerse, si se puede, su discurso de escapatoria. En vano buscará nadie las razones de su decisión. Razones serias, adultas, merecedoras de consideración. Nada de la grandeza oracular, inextinguible, de aquel Suárez: «No quiero que la libertad sea un paréntesis en la historia de España». Lo único que no nos ahorrado el Dimitido es la ruborizante chicuelina a cuenta de los años que llevaba en solera la decisión. Ni tampoco la coartada sentimental de la sufrida esposa. Se comprenden sus apuros. Seco estaba el arsenal de tópicos. ¡Cómo referirse a la renovación generacional, acechando Rubalcaba! Cómo, a la misión cumplida, al filo de conocerse el último aumento de parados. Cómo a una nueva etapa, cuando abdicaba de su responsabilidad en el gozne, con el relato de la crisis española a medio escribir. Cómo justificarse diciendo que el partido quedaba en buenas manos cuando el partido es un erial de incertidumbre y desconcierto. Ni siquiera el rasgo de humor, felipista: «A mí no me dicen los banqueros lo que tengo que hacer». Y mucho menos, en fin, el confesar que pensaba en la patria, como a veces ha galleado. Habría sido divertido oírle decir: «Me voy por el bien de España». No expuso razones. El silencio al servicio de la política y no la política al servicio del silencio. La única razón son las encuestas. La fe que siempre ha tenido en ellas.
La dimisión de sus responsabilidades ante el paisaje de un partido sin liderazgo y de una nación en grave y obstinada crisis refuerza además la interpretación más letal de su pase a la historia, también llamado el pase de la muerte. Es decir, que toda su sensata política de reformas económicas ha sido obra de otro autor. Del trágala europeo. Alguien comprometido con las reformas y que hubiera aprendido de ellas la seria lección de la realidad las habría defendido en las urnas, en combate contra el pueblo y acaso contra sí mismo.
La dimisión ciñe el máximo honor al que puede aspirar su epitafio. Aquel del tabaco. Un tipo ligero y volátil.
Arcadi Espada
Diarios de Arcadi Espada (5.04.2011)