“Estabilización, reformas y no crecimiento”. Con este mismo título los profesores Dornbusch y Werner publicaron a mediados de 1994 un artículo referido a México, tratando de explicar cómo ese país, que quería ser por entonces el primero de la clase en seguimiento de la ortodoxia de estabilidad macroeconómica y reformas (teóricamente) pro mercado, no conseguía pese a ello la ignición de nuevos motores de crecimiento. Ser el discípulo aventajado de recetas tan influyentes como parciales – y por ello potencialmente contraproducentes-sólo consiguió propiciar a finales de ese mismo año una profunda crisis que ha quedado en los libros de historia.
La dinámica de estabilización macroeconómica, en su vertiente de déficit público al menos, con reformas presentadas como liberalizadoras pero con la continuidad o agravamiento de los problemas de recesión y desempleo, parece describir asimismo el escenario de la economía española (y otras partes de la europea) en estos tiempos. Pretender ser el primero de la clase ante las autoridades realmente relevantes en Europa y en los mercados financieros es una vía que, en el mejor de los casos, es una condición necesaria pero no suficiente para recuperar una razonable trayectoria de crecimiento y creación de empleo, mientras que en el peor de los casos podría estar siendo contraproducente: las políticas contractivas de la demanda, por necesarias y bienintencionadas que sean, tienen efectos a corto plazo inexorablemente a la baja, mientras que los efectos regenerativos a medio plazo requieren otras condiciones de entorno que están por concretar.
En la misma línea de los disgustos que a veces se llevan los primeros de la clase figura, asimismo, la experiencia argentina de entre 1991 y el 2002, en que las entonces elogiadas medidas de estabilización y reforma tampoco condujeron a un crecimiento sólido (sí, como en España y otros países de la periferia de la UE, a ciertos espejismos) y acabaron en severas crisis. Se dirá que tanto en el caso de México como en el de Argentina la salida de sus crisis supuso devaluaciones, pero esos mismos casos muestran sobre todo como, incluso en países más ricos en recursos naturales que nosotros, la solidez de la recuperación se ve lastrada seriamente por una inadecuada y sesgada combinación de las estrategias de competitividad y cohesión social.
Ciertamente, tenemos problemas serios de competitividad que requieren incentivos efectivos (incluida una financiación razonable) a la actividad emprendedora que devuelvan credibilidad para generar actividad económica y empleo. Necesitamos que el potencial de generación de riqueza y ocupación encuentre las condiciones para movilizarse. Pero ello requiere medicina regenerativa y no sólo traumatología. En caso contrario, el balance al final del 2012 volverá a ser de estabilizaciones y reformas pero de no crecimiento.
Juan Tugores Ques. Catedrático de Economía de la UB.
La Vanguardia (11.01.2012)