El PSC de Pere Navarro ya ha asumido todas las tesis del nacionalismo cultural, lingüístico y nacional. Sin ideas ni discurso propio ha ido ocupando el espacio nacionalista que CiU iba dejando atrás en su radicalización independentista. Incluso se han atrevido a considerar que no están tan lejos de sus compañeros secesionistas del ‘Manifiesto de los 140′. Le creemos, el discurso tramposo del derecho a decidir ya lo ha asumido
La cohesión social, esa aspiración a la paz que cualquier sociedad civilizada desea por encima de todo, en Cataluña ha sido instrumentalizada para hacer la guerra simulando construir la paz. Dicho de otro modo, allí donde izquierdas y derechas nacionalistas la invocan, date por timado.
Para Jordi Pujol ha sido una obsesión. La convivencia a cualquier precio, incluso por encima de la inmersión o de cualquier reivindicación nacional de Cataluña. Pura retórica, en realidad, nunca renunció a nada. Algún truco debía tener tal cohesión social para que Pujol la prefiriera a la obsesión de su vida: construir una Cataluña a su imagen y semejanza. Ahora sabemos con certeza cuál ha sido el truco. La cohesión social ha sido la coartada perfecta para tener amordazados a quienes eran violados en sus derechos lingüísticos, culturales y nacionales. Para vergüenza de la izquierda, también en sus derechos ideológicos, es decir, en sus derechos de clase.
A estos últimos me voy a referir. A menudo le otorgamos al nacionalismo el mérito del triunfo de sus tesis. No es del todo cierto. El nacionalismo nunca hubiera llegado tan lejos de no haber renunciado el PSC a ejercer la oposición a la política interna de Cataluña, en lugar de sumarse a esos gobiernos catalanistas en su enfrentamiento dialéctico con España.
Esta dejación de la izquierda permitió que el pujolismo impusiera una forma de hacer política basada en el conflicto permanente con el Estado como medio de camuflar su gestión al frente del Gobierno de la Generalidad. Así lograba eliminar la lucha de intereses dentro de la sociedad catalana, transformándola en la confrontación nacional entre Cataluña y el resto de España. La coartada de la cohesión social frente al enemigo exterior nos mantenía callados en la gestión de los asuntos internos. PSC e ICV-EUiA perdían así su razón de ser como partidos de izquierdas, para disolverse en el nacionalismo.
En lugar de denunciar la corrupción, el derroche, y la manipulación del dinero público para la construcción nacional permitieron la destrucción de su propia base electoral apoyando los intereses nacionales de la burguesía y justificando la inmersión escolar como medio de substitución lingüística y adoctrinamiento cultural. Se amoldaron a TV3 y Catalunya Ràdio como vulgares nacionalistas y permitieron manipular la historia y el presente. Y, no contentos con servir de alfombra, satanizaron cualquier disidencia en nombre de la defensa de la cohesión social. La maldita cohesión social que sólo era una maniobra para imponer impunemente la exclusión. En lugar de romperla, la apuntalaron. No salvaban la paz, construían nación a costa de los derechos de los más débiles. Y encima los culpabilizaban. Eran sus propios votantes. Imposible comportarse con mayor cinismo.
Al tratar a Cataluña como un tótem por encima de la lucha de clases, primaron la Cataluña identitaria del nacionalismo en detrimento de la pluralidad y la lucha de intereses. Con ello, el PSC dejaba de ser un partido social, para disolverse en la hegemonía catalanista, que era el verdadero ser de la burguesía catalana. Así despejaban el camino para que el catalanismo incrementara su base electoral. O sea, dejaban que CiU se hiciera con Cataluña, ese ente supremo que todo lo justifica. De esta forma esperpéntica, había estado primando las aspiraciones de la derecha más conservadora catalana parapetada tras el catalanismo, sin reparar que ese catalanismo no era otra cosa que esa burguesía de clase y clasista a la que debía haber combatido. Tanta estupidez no ha podido ser únicamente fruto de la simplicidad típica del tonto útil, ese catalanismo clasista con ínfulas de superioridad étnica, había infectado las direcciones de todos los partidos de izquierdas desde el principio de la Asamblea de Cataluña. Tanto desvarío ideológico no podía ser por casualidad. Si alguien tiene alguna duda, que repare en el manifiesto de los 140 barones catalanistas que han tenido secuestrado el partido durante estos 30 años y ahora se declaran independentistas. Desde Ernest Maragall a los Obiolistas, Antoni Dalmau y Jordi Font, baluartes de la política cultural y lingüística del PSC.
Si hay algo que no hay que preservar hoy en la Cataluña identitaria es la cohesión social; cuanto antes la rompamos, más pronto recuperaremos derechos y dignidades. Es la revolución democrática pendiente en Cataluña. Bajo el ropaje de la cohesión social nos quieren robar el derecho a la pluralidad, a la disidencia, al combate ideológico. Todo él, material imprescindible para la defensa de los distintos intereses de una sociedad. En una democracia no se rompe la cohesión social por enfrentar diferentes ideologías o intereses, al contrario, esa es la condición previa para que se pueda dar. Al contrario que en una dictadura, en ella la cohesión social elimina las diferencias y acaba en la sumisión a la verdad del régimen. Romper, por tanto esa falsa unanimidad catalanista llamada cohesión social es el camino democrático a la liberación. Aunque parezca una paradoja, es salvar la convivencia.
Por eso, la cohesión social ha sido la estrategia más refinada y el instrumento más violento contra la convivencia, a pesar de aparentar la defensa de ésta. Porque la cohesión social catalanista es la rotura de la cohesión territorial de España, el mayor acto potencial de violencia que un Estado consolidado puede sufrir; es la sumisión cultural, nacional y sentimental de todos los ciudadanos catalanes a la imposición étnica del nacionalismo; representa la asunción de la propia inferioridad frente al acoso moral del nacionalismo y sus múltiples formas de criminalización social; en una palabra, la cohesión social catalanista es el arma más perversa contra la convivencia. La misma que esgrimió el franquismo con el término de “25 años de paz”.
La cohesión social de verdad es el respeto al otro, el reconocimiento de las diferencias y el sometimiento al imperio de la ley. Ninguno de los tres principios es respetado por el nacionalismo.
La Diada de la independencia por fin ha quitado la careta a esa falsa cohesión social. La farsa ha terminado. El PSC es el mayor responsable. Incluso por encima de esos curas laicos del nacionalismo de ICV-EUiA. No porque sean peores, sino porque eran ellos, los mayores gestores del voto obrero y castellanohablante, quienes deberían haber desenmascarado la raíz reaccionaria del nacionalismo y no lo hicieron. La impostura quedó remarcada en el debate por la secesión llevado a cabo por Xavier Sabaté, presidente del grupo parlamentario socialista, al dejar patente el discurso social de oposición al independentismo que nunca antes se habían atrevido a hacer contra el nacionalismo.
Pero no nos engañemos, el PSC de Pere Navarro ya ha asumido todas las tesis del nacionalismo cultural, lingüístico y nacional. Sin ideas ni discurso propio ha ido ocupando el espacio nacionalista que CiU iba dejando atrás en su radicalización independentista. Incluso se han atrevido a considerar que no están tan lejos de sus compañeros secesionistas del Manifiesto de los 140. Le creemos, el discurso tramposo del derecho a decidir ya lo ha asumido.
Antonio Robles es profesor y ex diputado autonómico
[Este texto es una versión extendida que el autor publicó en El Mundo el pasado 5 de octubre de 2012]
La voz de Barcelona (23.10.2012)