El líder de ICV-EUiA ha invitado a Mas a saltarse la ley para incumplir el objetivo de déficit impuesto en los presupuestos de 2013: “Es ahora cuando nos hemos de saltar la legalidad, que puede ser legal pero es inmoral e inaceptable”, ha dicho. De salida, su objetivo parece altruista con los más necesitados. Nada que objetar. Si él considera tales políticas mejores y más humanitarias, no seré yo quién se lo cuestione. Como no cuestiono el derecho que tiene el señor Mas a pedir la independencia. Lo que le cuestiono es que conviertan su ideología en los criterios democráticos para cumplir o no la ley. Si es así, la guerra está servida.
“Hemos de saltarnos la legalidad”, ha incitado Joan Herrera a Artur Mas. La generalización del incumplimiento de la ley estaba servida desde que el propio Gobierno de la Generalidad y el líder de la oposición estuvieron dispuestos a declararse sujetos jurídicos de soberanía, pasar por encima de sentencias judiciales y declarar desafiantes: “No nos pararán ni tribunales ni constituciones” (Artur Mas). Un día de estos cualquiera se sentirá legitimado para pasar de la ley que le incomode. ¿Acaso nuestros políticos, encabezados por nuestro honorable presidente autonómico, se privan de ello cuando les conviene?
No es relevante por qué quieren saltarse las leyes cuando está en juego la democracia, sino el hecho mismo de hacerlo. De ahí que retrase para el final del artículo la causa del desacato que les ha llevado a desafiar la ley. Porque lo obsceno es saltársela, ya que las causas siempre son subjetivas y particulares.
Las convicciones morales de los que incumplen una regla democrática sin intención de matar a nadie y de golpistas capaces de hacerlo, son las mismas. También las consecuencias, porque las dos atentan contra la democracia. Lo único que cambia, y no es cuestión menor, es la obscenidad del crimen que provocan. No es lo mismo el golpe de Estado de Franco, que la amenaza de proclamar la independencia unilateral de Cataluña, pero uno y otra son actitudes contra la democracia.
En eso consiste el fascismo, en incumplir la legalidad cuando esta no conviene, e imponer por la fuerza las convicciones propias. ¿Qué diferencia hay entre las convicciones de alguien que está contra el aborto, del que está a favor? Ninguna, las dos son subjetivas y ambas se consideran a sí mismas moralmente superiores. De esas desavenencias nace la necesidad de consensuar un terreno de juego democrático donde dirimir diferencias a través del respeto a la ley y las convocatorias electorales.
El líder de ICV-EUiA ha invitado a Mas a saltarse la ley para incumplir el objetivo de déficit impuesto en los presupuestos de 2013: “Es ahora cuando nos hemos de saltar la legalidad, que puede ser legal pero es inmoral e inaceptable”, ha dicho. De salida, su objetivo parece altruista con los más necesitados. Nada que objetar. Si él considera tales políticas mejores y más humanitarias, no seré yo quién se lo cuestione. Como no cuestiono el derecho que tiene el señor Mas a pedir la independencia. Lo que le cuestiono es que conviertan su ideología en los criterios democráticos para cumplir o no la ley. Si es así, la guerra está servida.
Herrera, como el resto de nacionalistas, no ha entendido nada. Sus convicciones no son mejores y dignas de ser defendidas porque a ellos les parezcan moralmente superiores, solo son tan legítimas como las de los demás. Por una regla muy simple de entender: la democracia le permite a él -no por ser ecosocialista o nacionalista, sino por ser ciudadano con los mismos derechos y deberes que todos los demás-, defenderlas bajo reglas inviolables. ¿Sabe Herrera por qué la ley impide que los antiabortistas le partan la cara por defender el aborto? No porque los antiabortistas sean indeseables, antidemocráticos, ni nazis, sino porque las reglas democráticas se lo impiden. ¿Puede entender ecuación tan sencilla? ¿Puede entender él, y todos los secesionistas iluminados, por qué hay gente que les llame nazis? No porque persigan, encarcelen o incineren a ciudadanos, sino porque actúan con la misma insolencia ante las leyes democráticas que los nazis. No catalogan el contenido de sus actos -sería una obscenidad desmesurada e incalificable-, sino sus actitudes totalitarias, sectarias e ilegales.
Unos y otros incumplen las leyes, por eso son antidemocráticos, tan golpistas en las formas como Franco. ¿Qué similitud hay entre las convicciones del joven general Franco que se rebela contra el Gobierno democrático de la república y las convicciones de Herrera, Oriol Junquera, Mas o el resto de nacionalistas que lo hacen contra la Constitución española o el Gobierno democrático de Mariano Rajoy? Que unos y otros rompen las reglas de juego que la democracia impone. Y todos quienes las incumplen, simplemente, se comportan como Franco. Aunque no les guste estar emparentados con él. Las razones subjetivas de cada cual son válidas para cada cuál, nunca, ninguna, para subvertir la democracia.
El señor Herrera no se da cuenta que las ideas no son buenas porque las sostengan personas piadosas como él o nos las recuerden forjadores de patrias y de tumbas, como los nacionalistas, sino porque respetan las reglas que todos nos hemos dado en democracia. Si la frase del presidente de la Generalidad: “No nos pararán tribunales ni constituciones”, la hubiera pronunciado un representante de la ultraderecha española envuelto en la bandera del pollo, nos sonaría a facha, pero pronunciada por uno de los nuestros en defensa de lo nuestro, envueltos en la bandera estrellada nos parece loable. Esta cultura de la impunidad nacionalista se está convirtiendo en un salvoconducto para justificar el abuso y la ventaja de los buenos catalanes sobre los malos españoles. Cataluña ya no es un simple territorio donde poder vivir, se ha convertido en terreno sagrado que lo justifica todo. Por eso hasta los detractores del nacionalismo acaban asegurando que ellos aman a Cataluña como el que más. El salvoconducto ha suplantado a Dios.
P.D.: En ningún caso estoy defendiendo el relativismo absoluto, ni arrancándole el alma a las decisiones políticas; muy al contrario, es preciso esforzarse por pulir los valores más dignos de las decisiones humanas, pelear con decisión por lo que se cree más justo. No es lo mismo pagar un sueldo digno que un sueldo de hambre, no es lo mismo tener sanidad pública que dejar sin sanidad a quienes no se la puedan pagar. Precisamente, porque no nos ponemos de acuerdo en tantos conflictos, es preciso el respeto a las reglas democráticas. Fuera de ellas sólo existe la arbitrariedad, a veces la violencia, y siempre el abuso. Esta es la sombra inquietante que proyecta el afán del independentismo por agitar las emociones en lugar de moderarlas con la razón.
Antonio Robles es profesor y ex diputado autonómico
La voz de Barcelona (6.05.2013)