Cataluña

Resulta escandaloso que un derecho y una reivindicación sentida al unísono en toda la izquierda española como es el Derecho de Libre Determinación tenga como exponente hegemónico el discurso neoliberal de Artur Mas

En plena efervescencia de la delirante situación política que tiene como centro de la bronca –que no debate- a Cataluña, se hace necesario, sobre todo en nuestra casa, ordenar una serie de ideas que permitan acometer con el sosiego necesario tan enjundiosa cuestión. No pretendo otra cosa, dado el espacio disponible, que hacer un recordatorio de nuestra tradicional posición sobre el tema. Un recordatorio que sazono con alguna que otra referencia histórica, tan necesaria en esta época de despistes interesados.
El PCE e Izquierda Unida han defendido y creo que siguen defendiendo el Derecho de Autodeterminación o de Libre Determinación tal y como se recoge en el artículo 1, apartados 1 y 3 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de la ONU ratificado por el Reino de España en 1977. Las resoluciones 1514, 1541 y 2625 de la citada Asamblea General matizaron que el Derecho de Libre Determinación solamente se refería a los territorios colonizados; la verdad es que la atenta lectura del apartado 3 del artículo 1 anteriormente referenciado no permite esa interpretación; dejo el análisis a los lectores interesados. A pesar de esas resoluciones, la llamada comunidad internacional ha apoyado “manu militari” secesiones en Yugoslavia sin que haya mediado ninguna consulta; algunas de ellas apoyadas por el President Pujol. Por otra parte, en Canadá ha habido dos referéndums en 1980 y 1995 sobre el derecho de Quebec a negociar desde su soberanía su relación con el resto de Canadá. Y, por último, tenemos el caso de Escocia, en el que el Gobierno británico ha permitido y dado carta legal al referendum de Escocia sobre el ejercicio del derecho de Libre Determinación. En consecuencia, no vale la hipocresía de rajarse las vestiduras en señal de escándalo “patriótico-español” arropado en textos legales.

Un repaso a nuestra Historia nos ilustra acerca de cómo en la II República los Estatutos de Autonomía de Cataluña, Euskadi y Galicia partían de un encabezamiento que hoy nos resulta curioso. En el Estatuto Catalán de 1932, se lee “Cataluña se constituye en comunidad autónoma dentro del Estado español”. En el del País Vasco de 1936, el comienzo es así: “Las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya se constituyen en región autónoma dentro del Estado español” y, finalmente, en el texto de Estatuto gallego entregado para su discusión en las Cortes el 15 de Julio de 1936, puede leerse que Galicia como “región autónoma dentro del Estado español…” Es evidente que los desarrollos posteriores de los citados Estatutos han ido profundizando en definiciones más cargadas de entidad nacional. Todo ello merecería una reflexión que el autor sugiere como interesante y de gran ayuda para comprender lo que ha pasado desde entonces, incluidos los avatares y ambigüedades de la redacción del texto constitucional de 1978 con su “café para todos” incluido.

Nuestra Historia también nos ilustra acerca de los diferentes catalanismos que se han ido sucediendo en el tiempo. El primitivo catalanismo republicano-federal cargado de profundas reformas sociales que le hermanaban con los demócratas radicales de Madrid estableció la primera conjunción de un proyecto compartido para toda la Península Ibérica. Así los nombres de Abdón Terradas, Ramón Xaudaró o Pi i Margall van ligados a los de Sixto Cámara, Fernando Garrido o Fermín Salvoechea. Pero ha habido, y hay, otro catalanismo ligado al desarrollo de la clase burguesa catalana. Cuando en la década de los noventa Pujol intervenía en la reunión de Presidentes de CC.AA fijaba sin ambages las dos realidades que, a su juicio, constituían el hecho nacional catalán: la lengua y el nacimiento de la industria de los telares en pleno siglo XVIII.

Ha sido ese catalanismo el que para escarnio de la izquierda ha representado, y representa a Cataluña, en el imaginario colectivo de la sociedad. Un catalanismo proteccionista en la segunda mitad del siglo XIX frente a las políticas librecambistas del Gobierno central. Un catalanismo que no ha dudado en pactar con la peor oligarquía castellano-andaluza para mantener el status y la situación política general; recordemos la actitud de Cambó con respecto a la sedición del general Franco. No olvidemos tampoco el apoyo de Convergencia i Unió a las investiduras presidenciales o a las medidas más antisociales de los distintos Ejecutivos de González, Aznar, Rodriguez Zapatero o Rajoy.

Por eso resulta escandaloso que un derecho y una reivindicación sentida al unísono en toda la izquierda española como es el Derecho de Libre Determinación tenga como exponente hegemónico el discurso neoliberal de Artur Más. Así, el contenido de clase ha sido eclipsado de todo el proceso; y lo ha sido porque la izquierda catalana (salvo minorías marginadas) hace ya tiempo que carece de proyecto de emancipación social. El llamado europeísmo de Maastrich fue el marchamo que lo disipó. ¿Esperan los trabajadores y parados de Cataluña que desde el impulso de Convergència y el de Esquerra vivirán otra situación social? ¿Esperan que una Cataluña independiente regirá sus destinos, incluso contra la troika comunitaria?.

Esta confusión hace que la pregunta del Referendum sea tramposa e indeterminada. Toda la confusión comenzó con el lanzamiento exitoso de un mensaje equívoco: el derecho a decidir. ¿A decidir sobre qué cuestiones: económicas, sociales, políticas, culturales, etc? El Derecho de Libre Determinación queda oscurecido, rebajado, introducido de contrabando y matute. Y la explicación es clara, el uso explícito de ese Derecho implica un ámbito de opciones que van más allá de la independencia y hacen referencia a situaciones sociales de nuevo cuño. Solamente una minoría de la izquierda ha sido capaz de contraponer a las dos preguntas del Referéndum otras de mayor rigor, claridad y alcance; plantear al pueblo catalán su opción sobre cuatro situaciones posibles: Cataluña independiente, Cataluña parte de un Estado federal plurinacional y solidario, Cataluña unida de manera confederal al resto del Estado español o mantener el actual status.

Queda constatar algo más doloroso pero avalado por la historia de los últimos veinticinco años. Desaparecido por eliminación vergonzosa y vergonzante, el PSUC, el PCE e IU carecen en la realidad de un partenaire claro y en consonancia con el proyecto federal compartido anteriormente. El PSUC que sabía ligar su lucha por el socialismo a la de una Cataluña con entidad propia, reconocida y libre de determinarse, ha dado paso a una situación en la que las siglas que se han ido sucediendo han sido equívocas, poco claras y transparentes en su relación con el proyecto que no ha mucho tiempo decían compartir. Han ido a remolque del nacionalismo de corte burgués. La realidad vivida en la última década y media me exime de mayores comentarios. Espero y deseo que en el futuro inmediatamente próximo puedan corregirse posiciones, aprender de las lecciones diarias y saber distinguir allá en Cataluña a quienes todavía siguen leales a la entente de otros tiempos.

 
Julio Anguita, Mundo Obrero, 22-01-2014

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *