Las últimas cifras sobre el número de parados han vuelto a ser el objeto de las posiciones subjetivas con las que el problema es generalmente enfocado.
Por una parte, el discurso oficial celebra lo que se presupone un adelanto de la recuperación que gracias a «los esfuerzos y sacrificios de los españoles» ya está a la vuelta de la esquina.
La crítica a este discurso, realizada generalmente con prisas e inspirada en la dialéctica Gobierno-Oposición, señala la maraña de conceptos, situaciones y mecanismos estadísticos con la que el paro es abordado. Esta inmediatez coyuntural con que se analizan las cifras debiera dejar paso a un estudio en profundidad sobre los ítems, apartados y definiciones con los que se abordan las distintas realidades que con frecuencia se someten como información a la opinión pública.
Convendría que las autoridades gubernamentales y también las restantes fuerzas políticas y sindicales, abordasen la realidad de la economía sumergida y el trabajo generado por ella. Dejar sin considerar esta base sólida de análisis es contentarse con mantener la situación con la excusa y réplica que escuché en mis debates parlamentarios con el entonces Presidente del Gobierno: «mejor eso que la inactividad de los aspirantes a trabajadores”.
La población debiera ser informada a través de campañas especiales sobre los parámetros que definen un puesto de trabajo: duración, salario, sector de la economía y expectativas más allá de la coyuntura.
De igual manera se debe explicar lo que atañe a la precariedad que añaden la cantidad y calidad de las contrataciones. Se trata de saber con exactitud el número de personas contabilizadas como empleadas sin añadir la duración de su contrato. También hay que explicar a qué se suele llamar empleado, población activa y, sobre todo, las expectativas de continuidad en el puesto. No es una cuestión de medios de comunicación sólo sino de actividad informativa a ras de calle.
Julio Anguita González
Mundo Obrero (25.02.2014)