A todo esto, tenía un correo tuyo, pendiente de contestar, me parece que de la segunda quincena de julio. Era un correo en el que me hablabas de la consternación y desorientación de un amigo tuyo -catalanista hasta el tuétano, pero progresista abierto y tolerante-, por la «confesión» de Pujol. Me decías -por lo que te comentaba ese amigo- que eran muchos los que se sentían afectados y que les resultaba inexplicable y traumático. Es un tema que me interesa y sobre el que llevo bastante tiempo leyendo, rumiando, analizando y debatiendo, debido a que esa realidad la he vivido (y sufrido) la mayor parte de mi vida. Si mis vivencias familiares, en el pueblo, el el internado, en los jesuitas, en mis militancias políticas, en el asociacionismo social, me han marcado, no menos me han marcado los 27 años que he tenido que vivir, forzadamente en situación servil o externa, bajo ese paradigma catalanista.
Me creo que lo que te contaba tu amigo le habrá pasado a muchos fieles de la idea catalanista. En principio, me parece una reacción muy propia cuando se comulga con las ideas como si se tratara de algo sagrado (lo sagrat, que se dice en la cultura catalanista), tal como sucede en las comunidades que practican místicas comunitarias y en las iglesias y demás sectas y grupos que funcionan con representaciones casi sagradas de la sociedad y en las que normalmente existe un «padre fundador», venerado explícita o tácitamente por los numerosos hijos e hijastros de la gran “familia” dogmática por muy distintos o contradictorios que sean o parezcan.
La idea de la sociedad de los catalanistas, en particular, es la de un “álbum familiar” y genealógico al que los foranis (recién llegados de fuera o internos -siempre hay un amplio segmento de recién llegados crónicos aunque sean nativos-) se han de ir integrando como neófitos o nouvinguts (“els nous catalans”), como los “otros” (els altres catalans) o como “normalizados” en alguna de las formas que ofrece el sistema hegemónico. Paco Candel, en sus dos libros más conocidos, utilizó la fraseología precisa que convenía al ideal pairalista (el del álbum genealógico familiar desde los tiempos de Guifré el Pilós o el Velloso) de la sociedad catalana que encarnaba Pujol y el catalanismo mayoritario de entonces.
Los que no se asimilan como clientela quedan en situación de foranis o amenaza externa a la cohesión social comunitaria, por muy nativos o naturales del país que sean. También hay una terminología muy precisa y aceptada (políticamente correcta) para identificar a estos foranis internos (lerrouxistas, neolerrouxistas, españolistas, vidalquadristas de izquierda…). Lo peor es quizá ser tildado de “traidor” (como ahora Raimon y antes Boadella, por ejemplo), porque eso funciona como una excomunión de alguien que ha sido de los “nuestros”.
Sorprende, aunque pasa desapercibida, la extraordinaria continuidad de estos clisés con los que los carlistas (con un peso determinante en Cataluña a lo largo del siglo XIX) estigmatizaban a los liberales (hegemónicos en Barcelona, Sabadell, Reus y otras ciudades industriales) y con los sambenitos y estigmas que la gente de orden (incluyendo los de ERC, el PSUc o comunistas catalanes y los nacionalistas más radicales de Estat Català, no solo los cristianos) les endosó a los anarquistas, republicanos federalistas y, por último, también el POUM, en los años de la república y guerra civil. Todos los pecados imaginables son pensables cuando se trata de todos de los estigmatizados, que, como se ve, son muchos. Pero, por la misma razón, son inimaginables cuando se trata de uno de los prohombres de los nuestros (el nosotros los catalanistas, paradigma de civismo).
Pensando en lo que me decías de tu amigo y en tantos como él, me imagino el estupor que debieran sentir muchos franquistas si Franco hubiera confesado al final de sus días que no era más que un criminal al que le podía la ambición del poder o lo que hubiera significado para muchos fieles católicos que un cardenal o el mismísimo Papa hubiera confesado que era un pederasta encubridor de obispos y curas pederastas. La corrupción familiar e institucional (siempre asociadas) es algo que todos lo sabían, que todos lo sabíamos, e incluso, en un sentido froidiano, lo sabían quienes se negaban a verlo y no querían enterarse para preservar y dar pleno sentido a los supuestos y cimientos de su fe y de su representación de la sociedad y de la vida misma.
La realidad no existe ni conmociona a los seguidores de estas ideologías casi religiosas hasta que no se les revela en forma de confesión pública de algunos de los suyos. Se trata de “apariciones”, no de aplicaciones de las leyes democráticas. Cuando la noticia del encausamiento del pater o notable corrupto se produce por aplicación de las leyes o por la acción judicial y policial, por simple aplicación de la ley democrática, no acaban de creérselo. La reacción de este tipo de personas es pensar que la aplicación de la ley constitucional o democrática es fruto de un acoso premeditado del enemigo externo, de un contubernio. Habiendo penetrado en ese mundo hegemónico en Cataluña, hegemónico incluso en buena parte de mis ambientes izquierdistas y progres, he llegado a la conclusión de que desconocen tanto la realidad de la sociedad en la que viven como la naturaleza de su fe ideológica. La ideología catalanista, como todos los nacionalismos, ha sido siempre una reacción frente a lo que sienten como una amenaza contra la cohesión identitaria y el corpus sagrado de su representación imaginaria (sagrada) de la historia y de la sociedad. En la historia esas amenazas han sido el liberalismo, la democracia, el conflicto y desorden social, la revolución, el xarnego…(de fora vingueren i de casa ens tragueren, de fora venen i de casa ens treuen).
Esta figura, la del xarnego, la de forani, que en tiempos contemporáneos casi siempre ha llegado del sur, es la personificación de ese fantasma que amenaza el orden social de la comunidad catalanista, que por sentirse como comunidad propia y permanente (como podrían sentirse los germánicos, cuáqueros o mormones) se siente con derechos de propiedad sobre la tierra, el espacio público y el sistema político. Para esa tribu o comunidad el país es algo patrimonial. Ahora, aunque pudiera parecer paradójico por vivir en un sistema constitucional democrático y disponer Cataluña de un autogobierno mayor que uno federal, es cuando los comunitaristas de la identidad tienen la sensación de que su idea de país patrimonial se encuentra más amenazada que nunca.
La crisis económica, social y política interna, el saber que la corrupción es la base de su sistema clientelar y que éste se encuentra amenazado por la ley (la Constitución “española”), la existencia de una segunda y tercera generación de xarnegos que no se han asimilado ni normalizado y que son legión frente a la minoría de conversos, la democracia como sistema que iguala y no exime, la instalación de esta democracia en la Europa de los Estados constitucionales y no la construcción de una Europa de los pueblos… y, coronándolo todo, el sentirse diferentes y mejores que los parásitos españoles (los PIGs), son factores que les han empujado a una gran fuga hacia adelante, a una especie de un maoista gran salto adelante.
En plan marxista, uno ve que, bajo esas razones, está la más poderosa que es la existencia de regiones ricas en Estados nacionales o constitucionales que quieren salir de la crisis con privilegios o exenciones fiscales y menos fiscalidades redistributivas, sin carga de pobres dependientes, de endeudamiento familiar y de deuda pública. Esta carga debe quedar para el estado expoliador.
Quizá en este sentido tu amigo se sienta más cerca de los nacionalistas padanos (los de Lombardía y el Véneto), de los bávaros y renanos, de los flamencos y vascos…, que no de los PIGS del sur de Europa. Casi nunca han sido los pobres los que se han levantado y se han ido de la mesa. Han sido y son los ricos a los que no les gusta comer con los pobres. Es una cuestión de mentalidades sociales que generan los nacionalismos. En Cataluña, en particular, sigue pesando mucho la mentalidad xenófoba del primer tercio del siglo XX (que es la base del pensamiento demográfico de Vandellós, padre de la demografía catalanista). Ese sustrato xenófobo sigue vigente de modo más o menos explícito en la representación catalanista de la sociedad y política catalanas. .
Las denigrantes palabras de Pujol (en doc. adjunto) sobre los andaluces de la inmigración catalana, por oposición al estereotipo y prototipo de catalán cívico, cultural y psicológicamente superior, abierto, tolerante y europeísta, siguen siendo parte del substrato ideológico del catalanismo actual. Se admite en casa, en el álbum familiar, solo a los asimilados, a los conversos. Los otros siguen siendo los descritos por Pujol. Esos forman parte del Espanya que ens roba. Y de los andaluces que se gastan en el bar los impuestos de los catalanes. Estos no piensan ni obviamente pensarán en Pujol como el padre espiritual de la nación, sino que desde siempre han pensado en él como un chorizo o, cuando menos, como un chorizo potencial. Solo los chorizos muestran tal menosprecio con los “otros”. Durán lo sigue manifestando y nadie replica. La xenofobia que Durán reparte no es motivo de escándalo entre los catalanistas.
Pero, por otro lado, la corrupción y la xenofobia de los catalanistas han sido un atributo casi permanente a ojos de los excluidos del sistema político. Uno que no sea del “nosaltres” catalanista, uno que no fuera de ellos, como el “poeta andaluz” del acróstico que adjunto junto a las célebres palabras de Pujol, piensa en el sistema político como un sistema de corrupción familiar e institucional. Tu amigo, como seguramente muchos de mis amigos catalanes, siguen, sin embargo, pensando en la ejemplaridad moral de los prohombres catalanistas.
De los lugares en que he vivido, que han sido unos cuantos, ha sido en Cataluña donde he visto, a pesar de unas clases medias en general más extensas que en otras ciudades españolas, una sociedad más dual y dividida entre el mundo (también simbólico e ideológico) de las élites y el de los «otros» catalanes o de los catalanes de la periferia social y de las áreas metropolitanas. En ningún otro sitio he encontrado tanta gente que se siente «extranjeros en su propios país». Lo acaban de decir Carme Chacón y dirigentes de UPyD, entre otros, pero el asunto no viene de aquí ni de ahora. Hace cerca de dos décadas leí una novela biográfica que editó un profesor de un IES de Santa Coloma de Gramanet con ese mismo título, “Extranjeros en su propio país”, con un seudónimo (Azahara Larra), pues ya entonces como ahora era social y políticamente oportuno escudarse tras un seudónimo y aceptar la «espiral del silencio».
Se trata de unas élites sociales y políticas, bastante distintas de las del tardofranquismo (su base económica y social ha cambiado mucho), pero que mantienen el mismo o incluso más acrecentado sentido de leatad comunitaria (de omertá). Son unas élites que son el cogollo del «nosaltres catalans» y de un concepto de sociedad impermeable por mucho que se presenten como sujetos de un mundo abierto, moderno, europeo, tolerante, integrador…, siempre a diferencia de, por oposición a o por superioridad respecto a los otros (los españoles y los otros catalanes españolizados). El libro de Luisa Castro, La segunda mujer, que fue en verdad la segunda mujer de Xavier Ruber de Ventós y la «segunda mujer» respecto a la “primera”, a la ex, que conservaba en familia y sociedad el pedigrí de la pertenencia, es quizá la mejor representación que conozco de ese dualismo social y de la endogamia, no solo sociológica sino comunitaria, de sus élites.
F. de Carreras, que es uno de los escasos críticos y lúcidos observadores procedente del cogollo de esas élites, lo decía en un certero artículo hace unos dias: Todos los sabíamos, lo de Banca catalana -el asombro de F. Carreras por la reacción «patriótica» de las élites políticas, incluyendo a las de la izquierda, cuando lo de Banca Catalana, por lo que suponían un ataque a Cataluña, es algo que le ha venido obsesionando toda la vida-, decía que como afirmaba de Carreras todos sabíamos lo de Banca catalana y todo el rosario de corruptelas clientelares y sistémicas (de corrupción institucional), que ha ido jalonando la política catalana hasta convertirla en un paradigma de sistema integrado de corrupción y saqueo de lo público. Eso sí, blindado por la pretendida exención diferencial de su régimen político nacional, por el soborno -con o sin amenazas y presiones- de la práctica totalidad de los medios de comunicación, por la sumisión de una gran parte de los funcionarios, el adoctrinamiento escolar, una gran agresividad simbólica y el sometimiento de todo lo público a su hegemonía ideológica y cultural.
Por eso han tenido tan poco campo las mafias (las que se describen en Gomorra y, en parte, en Crematorio). Como en otras zonas de España, el sistema político corrupto y clientelar funcionaba como mafia. Para muchos, desde Ubú Rey, Jordi Pujol ejercía de capo de una mafia institucional. Roca i Junyent lo puso en conocimiento del Ministro del Interior de Felipe. González., antes de que, por mediación del ministro, Pujol le compensara por el desheredamiento del liderazgo de CDC (en beneficio de Mas y Oriol Pujol) asignando a su bufete la ejecución de todas las comisiones (del 3 % ó el 4,5 %) del sistema institucional. Un auténtica compensación patriótica, que ha servido para que Roca, el desheredado, mantenga un silencio patriótico.
Los únicos no integrados eran los protagonistas de los conflictos sociales de los 50, 60 y 70, los que componían el grueso de la militancia y carne de cañón de los partidos de izquierda y de los sindicatos clandestinos (lo único que entonces se movía en Cataluña, como bien recuerda en sus memorias José L. López Bulla), los que levantaron todo el asociacionismo vecinal en condiciones y barrios tercermundistas. Los artífices, en suma, de la Cataluña actual. Eran los únicos que podían romper el blindaje de los catalanistas como dueños políticos y titulares patrimoniales del país.
Existe un silencio institucional sobre ese sujeto social y político que era la mayoría heredera de lo que hubiera sido el PSC y PSUC/IC, si en los años 1979-1982 la élite dirigente (nacionalista) no hubiera literalmente secuestrado la dirección, aparato y políticas del partido respectivo. Ese extrañamiento ha desembocado en un apartamiento y ausencia de la vida política y pública de una mayoría social, que se ha instalado desde hace años en una abstención crónica. Si los nacionalistas entregados a la causa ascienden a un 30 % (puede que no tanto), la losa abstencionistas de la política catalana por esos motivos de exclusión y ausencia son más. La política “nacional” (catalanista) de partidos e instituciones les era y es extraña, entre otras cosas porque no entroncaban con la tradición política española de izquierdas o democrática y, llegada la hora del sistema de partidos y de representación ciudadana, nunca se sintieron satisfactoriamente representados. Esta gente no nos hemos sentido nunca integrados en la mística de país.
Hay cierto miedo a la sombra de esa generación y a la de sus hijos y nietos no reciclados por la inmersión y el bautismo nacionalista, desprovistos de mística de país. Son los mismos xarnegos que describió Pujol en su libro de 1976, solo que naturales de Cataluña, nativos, autóctonos (foranis internos). De lo que he leído sobre estas generaciones, que es una de las claves para entender la fuga adelante del independentismo, las memorias de Loquillo son, sin duda, las que mejor reflejan esa otra Cataluña, que, no me extraña, se ve como una “amenaza” por los catalanistas. Loquillo y sus personajes son la personificación de esa otra Cataluña de la periferia social estigmatizada y excluida por las élites sociales y políticas, incluidas las élites de la izquierda. Rafael Ribó, de IC, un talibán nacionalista mantenido durante décadas como Sindic de Greuges (Defensor del Pueblo.) fue ¡un líder de la izquierda proletaria en la Asamblea de Cataluña y ,después, secretario general del PSUC en los tiempos a los que me refería antes!. Eso lo dice todo.
Es con la gente del mundo de Loquillo con la que podría haber algo distinto en Cataluña. Con esa gente algo nuevo se puede empezar a montar, si las instituciones y significados políticos respondieran a la idea misma de ciudadanía democrática y no a la de identidad nacional y otras monsergas nacionalistas o patrióticas. Puede que cuando la política y lo público empiece a estar en manos de ciudadanos normales y no de identidades,partidos y otros sagrados ideológicos, nos abriremos a otros horizontes democráticos. Para mí, el 15 M fue y es esperanzador. Fue como un the end del tiempo de la tiranía de las ideologías, tan provechosas para las élites políticas, financieras y especulativas y el inicio de la política entendida como trabajo con la sociedad, con los ciudadanos, y no para montar o alimentar partidos que nos representen y secuestren nuestra soberanía individual intransferible. Quizá por ello, los fieles de Pujol, los “tanques” contra los concentrados en Plaza de Cataluña y los “submarinos” del catalanismo se han apresurado a presentarse en sociedad con una solicitud de adhesión al derecho a decidir… Y en esas estamos. Los documentos de Democracia y punto. Patido X ofrecen análisis y pistas esclarecedoras en esta dirección.
Rafa. 12.9.2014.