De igual forma que a los labios les gustan los besos, y a la espalda los masajes, y al ombligo que todo el día lo mire su dueño, asimismo a los ojos de la mente les encanta poder distinguir dos cosas que al principio parecían ser una sola, o descubrir que es una sola cosa, lo que parecían ser dos distintas. Para ellos eso es como si les hicieran cosquillitas con burbujas de champán.
El verano pasado salió la noticia de una modelo sueca bañándose desnuda en una playa de Mallorca donde no estaba permitido. La joven vivaz alegó, en su descaro, que en realidad ella no iba desnuda, ni desnudita, sino que llevaba encima una túnica invisible suya.
¿Puede un ciudadano ser independentista sin ser nacionalista? ¿Cuál es el límite de velocidad sofístico en las playas de Baleares? Sea cual sea el tamaño, forma o frecuencia de una falacia, si ella versa alegremente sobre esencias, terruños y banderas, en Cataluña hoy es aceptada inclusive con mayor convencimiento que si se tratara de un teorema de la geometría resuelto con lápices de colores. Por eso a uno a veces le reconcomen las ganas de pagar con la misma moneda y, así, a la delicuescente velocidad de la mano del trilero que pregunta dónde está la bolita, alcanzar de una nuestra línea de meta. En ella, en lugar de <<Finish>>, se lee lo siguiente: <<Todos los nacionalistas son independentistas, y todos los independentistas son nacionalistas>>.
Pero, no, porque así no y no nos gusta. Aquí, al igual que le contestó Marilyn Monroe a Arthur Miller y su propuesta de pasar la luna de miel haciendo el amor y leyendo libros: <<vamos por partes>>.
Todos los nacionalistas quieren la independencia. Ese es su factor definitorio distintivo: a toda nación, un Estado propio independiente. No es lo mismo el <<celibato>> que la <<soltería por feo>>. Sin la querencia independentista, el nacionalismo se reduciría, en el mejor de los casos, a puro folclor, y, en el peor, a sentimientos fijos acerca de las diferencias étnicas, culturales o de clase social.
Sin embargo, antes de poder hablar de nacionalismo, habría que definir el concepto de <<nación>> (¿Qué sería de los oculistas sin el concepto de <<culo>>?), pero esa es una tarea de verdad tan brava, bravísima, que a Hércules se la propusieron a cambio de sus 12 trabajos míticos, y salió huyendo. La definición de nación identitaria, los lunes es contradictoria, los martes es circular, los miércoles es esencialista, los jueves peticiona principios, y ya el viernes se coge el puente completo haciéndose más y más ininteligible, a menos que sea descifrada con un código supremacista.
Pero no sólo de esencias vive el hombre. Imaginémonos un país democrático compuesto por tres regiones: la C, la A, y la T. La región C es la más rica y, adivina adivinador, cuál de las tres es la que se quiere independizar de las otras dos… Sí, porque uno nunca se independiza en abstracto, sino en concreto, bajo concretísimas condiciones. Pero imaginemos, también, que el destino puñetero desvela en la región T, la más pobre, unas reservas de petróleo arábigas elevadas a la bolivariana potencia. ¿Cuántos años habrían de pasar entonces para que el número de independentistas de la región C se reduzca ahora a su quinta parte? Como dijo Cantinflas: <<Ahí está el detalle>>.
El otro detalle, y de mucho misterio, es el de la desaparición subrepticia de centenares de miles de nacionalistas en Cataluña. Hasta hace dos o tres años se les veía por todas partes. Pero, el día menos pensado, desaparecieron. Nada por aquí, nada por allá, ¿dónde está la bolita? No, que ahora ya no son nacionalistas, y que nunca lo fueron; que independentistas es lo que siempre han sido, de toda la vida… ¿Eso con qué se come, con cuchara, trinche o a mano pelada?
Los estadounidenses tienen un gracioso refrán: <<Si parece un pato, camina y grazna como un pato, y nada en el agua igual que un pato, eso seguro que es un pato>>. Y antes que un nacionalista de un independentista, es más fácil distinguir a un chimpancé con un caramelo dentro de la boca, de otro chimpancé que sólo está haciendo muecas: enuncian las mismas proclamas, se tragan las mismas falacias, y los delata igual sentimiento ante la bandera. Pero aquí, además de señalar similitudes, esgrimiremos que los independentistas por fuerza son nacionalistas, que son una y la misma cosa y no dos distintas, y que la modelo sueca de Mallorca en realidad iba desnuda, bien desnudita.
De Suecia era también la novia de un amigo mío. Fue una relación de luces y sombras. Las sombras tenían el perfil exacto de unos cuernos. Al final rompieron y ella volvió a su país. Meses después, mi amigo soltó en el bar que quería mudarse a Estocolmo. <<¡No seas tú tan bobo! ¿Vas a dejar todo por ella?>>. Pero, entonces, ahí fue que él negó rotundamente que todavía estuviera enamorado, no se iba por eso. ¿Entonces por qué? Porque le encanta Estocolmo.
Son dos cosas distintas. Hay una coincidencia en los objetivos, pero no en las causas: a Estocolmo por amor, o a Estocolmo por bonita.
Pero la cosa no quedó ahí. Con el trajín de las copas lo forcé a que me dijera lo que de verdad le gustaba de Estocolmo: <<su gente>>. Más copas todavía y lo acabé de acorralar: <<¿Pero qué gente tú dices?>>. Lánguidamente, por fin confesó: <<Ella…>>.
Así también pasa con los independentistas renegados del nacionalismo (al fin descubrieron que en los lugares más chic de París, Londres o Berlín los labios se quedan sin besos si uno confiesa esa obscura debilidad de espíritu). Aducen una causa distinta, pero, si se rasga un poquito en ella, resulta que siempre remite a la causa primera. Todo el truco se desmorona ante la pregunta fundamental por los criterios de demarcación, tanto externos, como internos: 1) ¿Dónde trazar las nuevas fronteras? 2) ¿Quiénes y por qué serán ciudadanos totales, y quiénes en cambio habrán de <<integrarse>>?
Ahí ni Dostoievski podría ingeniar un circunloquio con escapatoria final: siempre se vuelve al concepto cojo de nación identitaria.
Pensemos en la veracidad de la siguiente expresión: <<Todos los puritanos eran prohibicionistas, y todos lo prohibicionistas eran puritanos>>. Falso: además de los puritanos, existía otro grupo que también era prohibicionista: los mafiosos de Al Capone, que se enriquecían con ello. Ambos grupos coincidían en el objetivo, pero divergían notoriamente en sus motivaciones: las de los unos eran morales, y las de los otros eran económicas.
La situación de los independentistas no es similar a la de los mafiosos y los puritanos, sino a la del amigo mío enamorado. No es por un motivo independiente al nacionalismo, un motivo aséptico, racional e ilustrado que les gusta Estocolmo, sino que les gusta Estocolmo precisamente porque allí vive la Dulcinea de sus desvelos esencialistas e identitarios.
Si Humpty Dumpty cocina una paella vegetariana, hay elementos que no pueden aparecer en el plato sin que Alicia lo refute: pollo, ternera, cerdo, marisco. Asimismo, los ingredientes prohibidos para la cazuela sólo independentista deberían ser: <<Pueblo>>, <<Lengua>>, <<Historia Mítica>>, <<Grados de Catalanidad>>, <<Hechos Diferenciales>>, <<Identidad Cultural>>, todos ellos en mayúscula romántica y trascendente. Pero el hecho incontestable es que el discurso independentista, aunque algunas veces eluda las palabras prohibidas clave, no puede evitar que los subyacentes conceptos anteriores —uno, varios o todos ellos— sean su base y fundamento. La paella independentista no sólo no es vegetariana, sino que además de las comunes, también contiene presas de animales fantásticos: de unicornio azul y de dragón atravesado por espada.
Que no, que no es la nación identitaria, sino la nación política. Bien, pero es que la nación política catalana no existe, y precisamente se lucha es por conseguirla: ¿De dónde nace esa extraña querencia? ¿Con qué otros criterios, si no, podrían proponerse la ubicación de las nuevas fronteras? ¿Los Països Catalans…? ¿Por qué a la lengua materna de la mayoría de catalanes, y común a todos, se la enfrenta a <<La Lengua de Catalunya>>?
Que no, que <<la pela es la pela>>, y nuestro criterio es netamente económico. Falso: ¿Por qué la rica Barcelona ha de cargar con la modesta Lleida, y los barrios ricos con los barrios pobres? ¿Quién paga impuestos, y cómo se estratifican: en función de esencias del terruño, o de la cuantía de ingresos de cada ciudadano?
Con poco que se pregunte, no hay escapatoria: el independentismo a secas no es más que un traje de baño invisible para cubrir, no a una joven y bella nórdica, sino la fea desnudez del vetusto nacionalismo de toda la vida.
El amigo mío finalmente sí que fue a Suecia, pero ella no le hizo ni caso. Al mes y medio volvió arrepentido y diciendo que ya no le gustaba Estocolmo, porque es una ciudad fría y oscura, y la gente se la pasa encerrada, todo el día mirándose el ombligo.
cronicaglobal.com, 6 de mayo de 2015