La demagogia de los independentistas catalanes

Se está difundiendo un artículo de Antoni Bassas en el que compara las leyes actuales en España con las que prohibieron el voto a las mujeres, el divorcio, la igualdad de blancos y negros, hablar catalán en público, el matrimonio homosexual, y donde afirma que igual que se luchó contra ellas, poniendo en riesgo incluso la vida, se reclama ahora la independencia de Cataluña. Como consecuencia de este análisis, concluye que es adecuado, y bueno y hasta heroico, que se conculquen las leyes actuales, para convocar un referéndum con el propósito de separar esa Comunidad del resto de España. Y se queda tan contento. Lo peor es que hay quien lo sigue entusiasmado.

Bassas se refería al discurso del rey que apelaba a la obediencia a la ley como argumento único para prohibir la realización del referéndum. Nunca he sido defensora de esta Constitución que considero nos ha sido pervertida al imponer la monarquía. Y, por supuesto, no la voté. Yo fui de las primeras que en plena dictadura me salté las leyes tiránicas imperantes en aquel momento, las critiqué y las conculqué, con bastante peligro para mi persona. Cosa que no sé si le sucedió a él mismo. Pero comparar la situación política y legal actual con la que regía en la dictadura es distorsionar gravemente la realidad y difundir una demagogia de mal cuño.

Con ello, entre otras consecuencias, está minimizando la terrible etapa de la dictadura y engañando a las generaciones que no la conocieron. Afirmar que la represión de hoy es igual que la de hace 40 años, es una falsedad, y no bastan los ejemplos que presenta de arbitrariedades policiales y judiciales, en realidad son muchos más, porque en todas las democracias burguesas se cometen crímenes (Ver mi novela El Honor de Dios), pero estas no se pueden identificar con dictaduras y menos como la franquista. Porque eso supone minimizar el sufrimiento y la lucha que sostuvimos durante casi medio siglo, para magnificar la conducta de los nacionalistas que no se distinguieron precisamente por su valor frente al régimen.

Es faltar a la verdad afirmar que hoy en Cataluña no hay libertades, como denuncian carteles espurios, que se persigue el idioma, que los catalanes no pueden expresarse a través del voto. Desde 1977 los catalanes, como los demás españoles, han votado la Ley de la Reforma Política, las primeras Cortes constituyentes, la Constitución –por cierto, con bastante más entusiasmo que el mío-, las municipales, las autonómicas, el Estatuto de 1979, las siguientes elecciones generales, las europeas, la Constitución Europea, el nuevo Estatuto de 2006, las autonómicas posteriores, es decir, en más de veinte ocasiones, y en ninguna de estas convocatorias las opciones independentistas fueron dominantes.

Ni la ciudadanía catalana reclamaba el nuevo Estatut de 2006, en el que Maragall empeñó su futuro y el de toda Cataluña, ni se sintió realmente apasionada por ratificarlo cuando no llegó al cincuenta por ciento el número de votantes.

Afirmar que la represión de hoy es igual que la de hace 40 años, es una falsedad. Supone minimizar el sufrimiento y la lucha que sostuvimos durante casi medio siglo, para magnificar la conducta de los nacionalistas que no se distinguieron precisamente por su valor frente al régimen franquista.

La desenfrenada campaña por la independencia que ha desencadenado CiU primero y ha heredado el PDCat, con el inestimable apoyo de ERC, se organiza a partir del momento en que los humus putrefactos de la corrupción pujolista –que abarca a muchos más altos cargos de la política y de la empresa, de entonces y de ahora, que a la familia Pujol- llegan manifestarse públicamente y huelen tan a podrido como la Dinamarca de Hamlet.

Cuando, arrostrando graves peligros, la izquierda se enfrentaba a la dictadura, y fundamentalmente desde el PSUC que llevó el mayor peso de la lucha antifranquista, nunca defendió que Cataluña se separara del resto de los pueblos que conforman España. Nuestro lema, como podría recordar cualquiera de aquellas generaciones que no sea amnésico, era “Llibertat, Amnistía y Estatut de Autonomía”, refiriéndonos naturalmente al Estatuto de 1932, aprobado por las Cortes de la II República. Y en aquellas luchas ni los nacionalistas fueron protagonistas ni siquiera participantes. Y lo sé bien porque yo sí que estaba el 11 de septiembre, obedeciendo la convocatoria del Partido. Cuando concluido aquel periodo se votó el Estatuto de 1979, ciertamente sin gran entusiasmo puesto que sólo acudieron a las urnas el 59,7% de la masa electoral, el 88,15% votó que sí. Únicamente un ínfimo 7,76% votó que no. Porque la mayoría del pueblo catalán no pretende separarse de España, sino aliarse con sus hermanos de la Península en la lucha fundamental que es contra el capital. Y contra la monarquía.

Este rey que le molesta a Bassas me molesta a mí también, y no me representa, como no representa a los obreros, a las mujeres, a los campesinos, a la intelectualidad, a los científicos, a los pequeños y medianos empresarios españoles que han sufrido cómo se les robaba la República “de trabajadores de todas las clasesque fue la II que tan sangrientamente nos arrebataron.

Porque la izquierda no puede ser, por definición, nacionalista. En sus genes lleva ser internacionalista, ser solidaria de todos los oprimidos, aliarse en las luchas comunes, en todos los puntos del planeta y, por supuesto entre los que componemos esta dolorida tierra que es España, contra nuestros enemigos comunes que son la monarquía, la Iglesia, el capital, el imperialismo. Otro mensaje solo corresponde a la burguesía que busca su beneficio.

Resulta triste que la estrategia de dividirnos que han seguido los burgueses catalanes, entre catalanes de pura cepa, emigrantes y charnegos, nacionalistas y españolistas, patriotas y traidores, engañando al pueblo con hacerle rico y feliz cuando obtenga la independencia, en realidad lo único que pretende es encubrir el expolio de los trabajadores que ha llevado a cabo desde hace más de 40 años la burguesía catalana y que les ha dado la mayor plus valía, esté calando entre aquellos militantes del socialismo y del feminismo de otros tiempos.

La reclamación de Cataluña como nación sin Estado solo se entiende si se considera catalanes exclusivamente a los soberanistas, lo cual implica ningunear a aquella parte de la población, que sigue siendo mayoritaria, que se siente catalana y española o únicamente española.

Ese referéndum, que tan sibilinamente están vendiendo los Bassas y los Junqueras, dirigido por los Pujol, los Mas, los Puigdemont, es una astucia que ha desconcertado a ciertos sectores de la población, más ingenuos que informados, y más xenófobos que solidarios. Porque de lo que se trata por parte de ese joven PDCat, que es la vieja Convergencia – ¿con cambiarse el nombre ya nos han engañado a todos?-, y de ERC, es de organizar un nuevo pucherazo como el que tan burdamente montaron el 9 de noviembre de 2015.

Convirtiendo el territorio de Cataluña en el sujeto protagonista, como si los territorios tuvieran derechos y no los ciudadanos, toda crítica a los nacionalistas se ha convertido en conspiración y atentado contra la nación catalana. Ya Pujol elaboró y difundió un discurso victimista de opresión de Cataluña por parte de España, desde la enorme estafa de Banca Catalana, identificado el mismo como Cataluña y considerando que perseguirle a él era perseguir a todos los catalanes.

La izquierda no puede ser, por definición, nacionalista. En sus genes lleva ser internacionalista, ser solidaria de todos los oprimidos, aliarse en las luchas comunes, en todos los puntos del planeta y, por supuesto entre los que componemos esta dolorida tierra que es España.

La reclamación de Cataluña como nación sin Estado solo se entiende si se considera catalanes exclusivamente a los soberanistas, lo cual implica ningunear a aquella parte de la población, que sigue siendo mayoritaria, que se siente catalana y española o únicamente española. Pecado éste para los nacionalistas que les excluye de su condición de “catalanes auténticos” y que merecería la pena de expulsarlos de las sagradas tierras catalanas igual que hicieron con los judíos los “cristianos viejos”.

La petición de ese referéndum que parece tan democrática encubre realmente la estrategia que están siguiendo los partidos llamados soberanistas, de apagar los movimientos sociales que se lanzaron contra las reformas económicas de Artur Mas cuando ganó las elecciones. Y este tema merece otro artículo.

Lidia Falcón O´Neill.  Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista

Crónica Popular. Madrid, 4 de julio de 2017.

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