En el mundo islámico, existe un término para definir a aquellos musulmanes que niegan la condición de musulmanes a quienes no piensan como ellos: son los Takfiris. Takfiris son, por ejemplo, los terroristas de Estado Islámico que asesinan indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños chiitas o sufíes los viernes a la salida del rezo en la puerta de sus mezquitas. O que secuestran y convierten en esclavas sexuales a las mujeres yazidíes después de matar a sus padres, hijos y hermanos, porque consideran que no son auténticos musulmanes, que son apóstatas, herejes o infieles (kafires), y que por ello no tienen derecho a la vida.
Por desgracia, en la izquierda catalana y española también se ha extendido una nueva variante de takfirismo, que es la de los sectarios que se creen muy de izquierdas porque defienden el derecho de los ricos a autodeterminarse frente a los más pobres y a liberarse de lo que, para ellos, parece representar la pesada losa de contribuir al desarrollo y la cohesión social en territorios menos ricos y privilegiados que los suyos. Sectarios que confunden la insolidaridad con la democracia, la unidad de las clases trabajadoras con el españolismo franquista, o a presuntos golpistas prevaricadores con auténticos presos de conciencia. Y sectarios que se atreven a acusar de no ser de izquierdas, de ser herejes, kafires y traidores, a personas que han dedicado toda su vida a luchar por la libertad, la justicia y la democracia, como el camarada Paco Frutos. Los takfiris causan mucho daño.
Pero no lo causan tan sólo a las víctimas de sus ataques, a los “infieles” a los que niegan el agua y la sal por el hecho de tener ideas propias y proclamarlas. También lo causan –y me atrevería a decir que sobre todo– al cuerpo social al que dicen o creen defender. Los takfiris de Al Qaeda o de Estado Islámico causan un enorme daño –un daño, realmente, incuantificable– a todos los musulmanes del mundo, que por su culpa pasan a ser vistos globalmente como fanáticos, salvajes y terroristas. Y por ello, la principal consecuencia del takfirismo islámico ha sido el crecimiento de la islamofobia –y con ella, del populismo xenófobo de ultraderecha– entre la opinión pública de Europa o de América del Norte.
De igual modo, el takfirismo de la izquierda en España y en Cataluña está perjudicando, principalmente, a la credibilidad y a las expectativas de crecimiento de la propia izquierda, y por lo tanto a los intereses de las clases trabajadoras, en un momento de aumento mundial de la desigualdad y de retroceso en los derechos sociales.
El estancamiento a la baja de las expectativas de Catalunya en Comú, la caída en picado de Podemos en las encuestas, o el cada vez mayor arraigo de opciones de derechas como Ciudadanos en el Cinturón Industrial de Barcelona y Tarragona –el famoso Cinturón Rojo del tardofranquismo, que está amarilleando a pasos agigantados y amenaza con convertirse en una especie de Cinturón Naranja– se explican, principalmente, por esa causa: por el extrañamiento cada vez mayor de la base popular de la izquierda ante unas propuestas políticas miopes y obtusas, que supeditan la unidad de las clases trabajadoras y la solidaridad entre territorios a los desvaríos victimistas e insolidarios de un nacionalismo burgués cada vez más radicalizado.
Por eso, frente a los takfiris que parecen dispuestos a sacrificar a la propia izquierda en el altar del secesionismo más cínico e insolidario, yo también me declaro un kafir, un hereje, un infiel. Igual que el camarada Frutos. Aunque ello signifique oponerme a los dogmas, eslóganes o mantras defendidos machacona y acríticamente por las direcciones de Podemos o de Izquierda Unida.
Jordi Cuevas Gemar
Licenciado en Historia y Derecho. Miembro del Comité Central del PSUCviu
Crónica Popular. 1 diciembre, 2017