Para Gabriel Jackson (1921-2019), que también supo estar a la altura de las circunstancias con las consecuencias que ese estar le conllevó: desconsideración científica, vacío oficial, marginación, olvido, descalificaciones por españolista, incomprensión de su defensa del bilingüismo.
Y para James Petras, por supuesto.
Hablo de un artículo de 1999, de hace más de veinte años: “La cuestión del bilingüismo” de Jaime Petras [1]. El agudo, incansable e imprescindible compañero Vicente Serrano ha recordado su interés y nuestro olvido generalizado en un artículo reciente [2]. Cito, resumo y comento:
La lucha por un cambio social progresista en Estados Unidos y en España, así abre su escrito el sociólogo norteamericano, gira alrededor de reformas políticas, económicas y culturales. Existía ya en aquellos años, finales del siglo XX, un reconocimiento cada vez más generalizado “de que el cambio político y socioeconómico depende cada vez más de la capacidad de los trabajadores para expresar sus demandas y preocupaciones en el idioma en el que lo hacen con mayor facilidad”. Es más, añade, “la creación de una clase obrera capaz de expresarse y segura de sí misma se basa en la recuperación de su historia, de su contribución cultural, de la memoria colectiva de sus líderes y movimientos que dieron lugar a la industria y a los servicios que hicieron que la nación prosperase”.
En Estados Unidos, recuerda Petras, “la lucha de los trabajadores hispanos, asiáticos y afroamericanos oprimidos se centra en cambios fundamentales de los programas educativos y sociales”. Los manuales de Historia se han reescrito, un éxito del movimiento, teniendo en cuenta la experiencia hispana, afroamericana y asiática. Con la misma trascendencia, “las guerras culturales han girado en torno a la cuestión del bilingüismo, el derecho de los niños hispanos y asiáticos a recibir la enseñanza en su idioma nativo, sea español o asiático, así como en inglés”.
La reacción de la derecha angloamericana, señala nuestro sociólogo, había sido “la de resistir y oponerse a toda concesión en favor del reconocimiento de un cierto pluralismo y de la diversidad cultural, como forma de retener el poder político y económico”. El monolingüismo era el banderín de enganche de “la clase étnica dominante en importantes zonas en las que las poblaciones de idiomas español y asiático son mayoritarias o están cerca de la mayoría (California, Texas, la ciudad de Nueva York)”.
Pues bien, prosigue, una situación parecida se da en Cataluña, “donde la clase étnica catalana dominante está imponiendo un sistema monolingüista a la población de habla hispana, incluso en las numerosas ciudades del cinturón de Barcelona en las que la aplastante mayoría de la población y, sobre todo, los estudiantes son hispanohablantes”. La tiranía lingüística de la elite catalana -tiranía es concepto-expresión de Petras- “se justifica mediante una retórica centralista de la que Franco se habría sentido orgulloso: alusiones a un mítico pasado catalán, la necesidad de una vigorosa nación unificada y, más discretamente, el sentimiento de superioridad y arrogancia típico de todos los grupos étnicos que dominan los principales bancos, las empresas y los puestos de gobierno”. No he añadido ni una coma; en mi opinión, en la diana, en todos los casos citados.
Los monolingüistas, sea en Cataluña o en Estados Unidos, de nuevo es Petras quien habla, evocan la imagen de “amenazas” a su integridad cultural “y, en el colmo del absurdo, se presentan a sí mismos como «oprimidos» por sus víctimas”. El victivismo, recordemos, es también marca del nacionalismo .Cat, Albert Soler ha escrito páginas imprescindibles sobre este vértice (¡tan gastado y manoseado!) del nacional-secesionismo.
Pero resulta curioso, en opinión de Petras, “que mientras los movimientos populares de los grupos de habla hispana y asiática han conseguido importantes avances hacia la educación bilingüe en Estados Unidos, ocurra al contrario en Cataluña: el dogma monolingüista es cada vez más la práctica habitual”.
¿Se imaginan qué escribiría hoy el sociólogo norteamericano tras la Ley de Educación de Cataluña de julio de 2009, una ley que impone una sola lengua vehicular, el catalán, en la enseñanza preuniversitaria, que fue elaborada, recordemos, por un “gobierno tripartito de izquierdas”? ¿O qué diría tras comprobar que todo el mundo nacional-secesionista, sin excepción, apuesta abiertamente (engaños no excluidos) por el monolingüismo .Cat, contando entre sus apoyos y ‘amistades comprensivas’ con sectores de los Comunes (que suelen tratar al castellano como si fuera el inglés: pensemos en las prácticas lingüísticas efectivas del Ayuntamiento barcelonés) y colectivos dirigentes del PSC?
Item más, prosigue Petras, “si en Estados Unidos son los sindicatos de profesores progresistas, los movimientos sociales de la izquierda liberal y las confederaciones sindicales los que han asumido un papel abiertamente en defensa de los derechos al bilingüismo y a la cultura de afro-americanos, asiáticos e hispanos, en Cataluña los progresistas (incluidos sindicatos y partidos de izquierda) han respaldado las políticas monolingüistas del autoritario régimen catalán”. En la diana otra vez. Un ejemplo entre mil posibles: en un congreso reciente del sindicato mayoritario en la enseñanza preuniversitaria, la USTEC, dirigentes y cuadros de la formación se manifestaron en contra del bilingüismo y a favor de la disidencia abierta si un futuro gobierno catalán legislara a favor del uso equilibrado de los dos idiomas mayoritarios de la ciudadanía que vive en Cataluña (que no implica, desde luego, olvido o menosprecio de otras lenguas).
Los Estados Unidos, prosigue Petras, “tiene graves problemas étnicos y raciales; en pocas palabras, la sociedad está impregnada de racismo. Pero se admite, y las fuerzas sociopolíticas están divididas y se enfrentan en torno a los temas en conflicto”. En cambio, en Cataluña, “se da una asombrosa falta de conciencia sobre los derechos de la clase trabajadora de habla hispana, en particular sobre su derecho a recibir enseñanza en su propia lengua”. Las consecuencias son desastrosas, en su opinión. “Estudiantes que se han criado hablando en un determinado idioma en casa son obligados a estudiar en otro, lo que les hace padecer una situación gravemente desventajosa”, además de atentar, hablo yo ahora, contra el derecho básico de niños y adolescentes a recibir enseñanza en su idioma materno, práctica que, conviene insistir, no es efectiva en escuelas de élite de la burguesía ilustrada catalana como Aula Escuela Europea (la de Artur Mas y sus hijos), donde no rige la inmersión en catalán.
Tanto los mexicanos en California como los murcianos y andaluces en Cataluña, sostenía Petras ya en 1999, “registran más altas tasas de abandono de los estudios y de fracaso escolar que los estudiantes cuyo idioma nativo es el inglés o el catalán” Pero quizá, observa con admirable agudeza, “se trate precisamente de eso al imponer el monolingüismo: perpetuar las posiciones de privilegio de la población anglo y catalanohablante en la sociedad mientras se relega a «los otros» a puestos de baja categoría, peor pagados, porque les faltan los requisitos de formación exigibles”. ¿Alguna duda de que esa es la situación de la población trabajadora de Cataluña?
Un ejemplo que se ha repetido mil veces y que vale la pena retener, también de Petras. “Lo absurdo de esta campaña para catalanizar Cataluña se me reveló hace pocos años, cuando me pidieron que diera una conferencia en la joya de la educación superior en Barcelona, la Universidad Pompeu Fabra”. Los organizadores le preguntaron si usaría el catalán o el inglés; por qué no el castellano, respondió Petras. Le respondieron que esa opción era inaceptable. “Así que hablé en inglés y me di cuenta de que menos de la mitad de la audiencia entendía la conferencia, aunque el 100% entendía español”. Los porcentajes pueden ser otros, pero el ejemplo es pertinente. ¡No importa la comprensión, lo que importa es el rechazo del castellano, de lo que suena a España!
La cosa continuó de manera altamente significativa: “más tarde pregunté a alguien de la jerarquía universitaria por qué pensaba que el inglés era menos represivo que el español, dado que el imperialismo de Estados Unidos enseñoreaba la OTAN y el imperio financiero de los bancos en Wall Street y Londres”. La respuesta del profesor interpelado por Petras merece enmarcarse: «Hemos estado oprimidos por los españoles mientras que las grandes empresas angloamericanas son socios nuestros en la modernización de nuestra nación». ¿Está claro a quiénes consideran amigos o socios y a quiénes consideran enemigos?
Pero Petras es sociólogo y sociólogo de izquierdas, y va en serio, y prosigue así: “Rambla abajo, vi «la opresión»: la reconstrucción del Barrio Chino financiada con fondos del Estado, las nuevas, enormes y feas torres de acero y cristal de Plaza Catalunya, los bloques de carísimos pisos nuevos en los alrededores del estadio olímpico en los que viven los oprimidos catalanes. Tomé luego el metro al Besòs, en Hospitalet, donde los bares rebosaban a primera hora de la tarde de jóvenes en paro que bebían cerveza y todo el mundo hablaba español. ¡Sí, señor! ¡Catalanes oprimidos! Igual que los anglos oprimidos de Beverly Hills o de la parte este de Manhattan, que se quejan de la educación bilingüe”. ¡Genial ese ‘catalanes oprimidos’!
En Estados Unidos, concluye Petras, “los educadores progresistas que respaldan la diversidad cultural y el bilingüismo han tenido éxito en las grandes ciudades porque los gobiernos locales tienen poder para decidir sobre política educativa”. Es indispensable en Cataluña, señalaba, “una mayor autonomía municipal para que la mayoría hispanohablante que vive en los suburbios de Barcelona pueda fomentar el bilingüismo en las escuelas”. A fin de cuentas “si Pujol puede justificar la autonomía y la autodeterminación catalanas dentro del Estado español [en aquel entonces], ¿por qué la mayoría hispanohablante de las ciudades de Cataluña no ha de poder exigir también autonomía y autodeterminación en materia lingüística? ¿No es hora ya de que los progresistas catalanes dejen de imitar a la derecha norteamericana?”.
Pues no, no era hora y por el momento no es hora. Piénsese, por ejemplo, que Núria Parlon, la alcaldesa de Santa Coloma de Gramenet, una ciudad obrera pegada a Barcelona donde la mayor parte de la población se expresa normalmente en castellano, ha participado en campañas de la Plataforma per la Llengua, plataforma muy bien subvencionada por los poderes públicos nacionalistas, que tiene como una de sus grandes preocupaciones, un escándalo desde su punto de vista, que los niños y niñas hablen en el patio, en el recreo, mayoritariamente en castellano. ¡Qué horror, qué horror de horrores1 ¡Dónde podríamos llegar!
Así, pues, respondamos ahora a la pregunta inicial después de recordar que no todas las comparaciones son odiosas (la de Petras no lo es) y que, en el caso de España, el castellano es lengua común (no parece asunto de opresión y menosprecio que una comunidad política la tenga) y en Cataluña, como ocurre en la Comunidad Valenciana por ejemplo, el castellano es lengua cooficial junto con el catalán, sin olvidar por otra parte que la inmensa mayoría de los que los nacional-secesionistas llaman ñordos, charnegos o murcianos, nosotros o nuestros padres o abuelos, no migramos a otro país, a otro Estado.
¿Por qué entonces ha habitado el olvido de este artículo de Petras tan actual y certero? Por lo siguiente: porque la memoria no acuña bien sus monedas si no nos ejercitamos; porque hemos sido (ahora menos) unos ingenuos, tanto política como culturalmente; porque hemos caído en casi todas sus trampas; porque pensar contracorriente no es fácil; porque ha habido y hay mucho nacionalismo cultural (nunca reconocido como tal) en las filas de la izquierda; porque durante décadas no hemos querido o sabido dar importancia a un asunto básico; porque hemos confundido el apoyo (que nadie rechaza) a una lengua -en su momento perseguida, no desde hace más de 40 años- con el aplauso acrítico a unos planes lingüísticos excluyentes del nacionalismo catalán, siempre al servicio de la “construcción del país”, de su país, y porque nos ha costado entender que la cosa iba en serio, que era de debò, que lo que pretendían y pretenden, al final lo han dicho claramente a quien ha querido oírlo, es la inversión de la situación que se vivió durante el franquismo: convertir al castellano en un idioma familiar y hacer que el catalán sea el único idioma oficial, la única lengua que cuente (junto con el inglés si la ocasión lo requiere) en los asuntos públicos, en los acontecimientos de postín, en las grandes ocasiones, lo que no es obstáculo, por supuesto, para que las elites, las 400 familias y sistemas afines de Millet, hablen castellano si los negocios y los asuntos de poder lo exigen.
Petras nos lo advirtió, con mucha lucidez, hace más de veinte años; nosotros lo hemos olvidado muchas veces.
Por cierto, ¿qué debe pensar la izquierda de .Cat y del conjunto de España de este artículo de Petras? ¿Que el científico y pensador norteamericano es, en el fondo, un intelectual españolista o un sociólogo mal informado?
¿Algún otro artículo imprescindible de James Petras? Vicente Serrano, otra vez con excelente criterio, ha llamado también la atención sobre este (de 2012 si no ando errado): “La autodeterminación, una gran decepción”. https://www.alternativaciudadana.es/2021/07/13/james-petras-2/.
¡No se lo pierdan!
Buenas vacaciones, buen descanso. ¡Hasta septiembre… si la ocasión lo requiere y hay fuerzas para ello!
Notas
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Se publicó inicialmente en El Mundo, 14 de abril de 1999 (Tribuna libre). Puede verse ahora en
https://www.alternativaciudadana.es/2021/07/13/james-petras-3/
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Vicente Serrano, “Pedro Sánchez, Unidas Podemos y la debacle de la Izquierda en España”